La emergencia de La Guaira y la fractura del tejido social.
Una reflexión sobre la solidaridad, la organización ciudadana y nuestra capacidad de articular una respuesta a la escala de la emergencia.
La pregunta que no deberíamos dejar de hacernos
El 24 de junio de 2026, dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudieron el centro-norte de Venezuela con apenas un minuto de diferencia. La Guaira estuvo entre los territorios más afectados. Los primeros reportes describieron daños en viviendas e infraestructura, interrupciones de servicios y una emergencia humanitaria que exigió atención inmediata.
La respuesta institucional y humanitaria se activó. La OCHA, Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS), UNICEF y otros actores comenzaron a coordinar evaluaciones, asistencia sanitaria, agua, saneamiento, protección y apoyo a las comunidades. UNICEF estimó inicialmente que 1,8 millones de personas, incluidos 680.000 niños, podían necesitar asistencia humanitaria. Esa cifra era una estimación inicial de necesidades, no un recuento de personas atendidas ni una medida definitiva del impacto.
Reconocer esa respuesta es indispensable. También lo es reconocer que la emergencia no termina cuando deja de ocupar los titulares. Los procesos de recuperación requieren continuidad, seguimiento, recursos y atención a las necesidades que persisten.
¿Dónde está la gran expresión de solidaridad ciudadana capaz de convertir esta emergencia en una causa colectiva, visible y sostenida?
La pregunta no pretende afirmar que nadie haya ayudado ni desconocer el trabajo de comunidades, voluntarios, organizaciones, instituciones y personas que sí han contribuido. Tampoco propone que la sociedad civil sustituya las obligaciones del Estado. Apunta a otra cuestión: ¿por qué los esfuerzos existentes no han conseguido proyectarse, conectarse y sostenerse en una respuesta colectiva de la escala que exige una emergencia de esta magnitud?
Quizás para responder tengamos que mirar más allá del desastre y preguntarnos qué nos ha ocurrido como sociedad.
Una emergencia anunciada por el riesgo, no por la fecha
Venezuela está expuesta a amenazas sísmicas conocidas. La sismicidad del país, la existencia de fallas activas y la concentración de población e infraestructura en zonas vulnerables forman parte de la información técnica disponible desde hace décadas. Quienes han trabajado en prevención, gestión de riesgos, ingeniería, protección civil y planificación territorial saben que un terremoto importante no es una posibilidad abstracta: es un escenario que debe contemplarse.
Esto no significa que alguien pudiera conocer de antemano el día, la hora o la magnitud exacta de los terremotos del 24 de junio. La ciencia sísmica no permite predecir con precisión ese tipo de acontecimiento. Significa algo distinto y fundamental: el riesgo era conocido, y la preparación debía ser una tarea permanente.
Por eso, también corresponde escuchar a quienes durante años han estudiado, advertido, formado, organizado simulacros, promovido normas de construcción, preparado equipos y defendido la prevención. Su experiencia puede ser decisiva en la recuperación y en la reducción de riesgos futuros. La pregunta es cómo conectar ese conocimiento acumulado con las capacidades de las comunidades, las organizaciones civiles, las instituciones y las redes internacionales.
Una emergencia de esta escala no debería obligarnos a empezar desde cero. Debería activar redes que ya existían, sumar capacidades y revelar dónde estaban las brechas de preparación.
Cuando el tejido social se deteriora
Una sociedad no se organiza espontáneamente. Para actuar en conjunto hacen falta confianza, espacios de encuentro, organizaciones independientes, comunicación, objetivos compartidos y la percepción de que participar puede producir resultados.
Venezuela lleva años atravesando un proceso de deterioro institucional, restricciones al espacio cívico, polarización, migración masiva y debilitamiento de numerosos espacios de participación. Sus consecuencias no se limitan a la relación entre ciudadanos y Estado. También pueden afectar los vínculos cotidianos, la confianza entre vecinos, la continuidad de las asociaciones y la capacidad de sostener proyectos comunes.
A esto se suman la precariedad económica, la separación de familias y comunidades por la migración, el agotamiento de quienes concentran sus esfuerzos en resolver necesidades inmediatas y la desconfianza acumulada después de años de frustraciones.
El resultado puede ser una sociedad en la que persiste la solidaridad individual, pero resulta difícil convertirla en acción colectiva. Una persona puede querer ayudar y, aun así, no saber con quién organizarse, cómo verificar las necesidades, a quién confiar recursos o qué iniciativa tendrá continuidad.
La solidaridad individual no necesariamente se convierte en capacidad colectiva.
No es lo mismo una sociedad indiferente que una sociedad fragmentada. La primera no quiere involucrarse; la segunda puede tener voluntad de hacerlo, pero carecer de las condiciones, los vínculos y la confianza necesarios para actuar conjuntamente. Esta hipótesis no explica por sí sola todo lo ocurrido, pero merece ser discutida.
La solidaridad necesita organización y escala
La atención inmediata de una catástrofe corresponde, en primer lugar, al Estado: proteger a la población, coordinar la respuesta, garantizar servicios esenciales, facilitar información confiable y rendir cuentas. La ayuda internacional y la iniciativa privada pueden complementar esa responsabilidad, no reemplazarla.
Pero la sociedad civil tampoco tiene por qué permanecer a la espera. Puede documentar necesidades, acompañar a las comunidades, vigilar la distribución de la ayuda, identificar capacidades disponibles, promover transparencia y sostener redes de cooperación. Puede, además, conectar iniciativas que hoy trabajan por separado.
La dimensión de La Guaira exige pensar en una articulación mucho más amplia: asociaciones vecinales y profesionales, universidades, colegios, fundaciones, ONG humanitarias, organizaciones de derechos humanos, grupos de voluntariado, empresas socialmente comprometidas y clubes de servicio como Rotary. Cada actor aporta algo distinto: conocimiento técnico, presencia territorial, logística, comunicación, recaudación, voluntariado, capacidad de incidencia o vínculos internacionales.
No se trata de crear una estructura improvisada que concentre toda la iniciativa en una sola organización. Se trata de reconocer capacidades, establecer mecanismos de coordinación, acordar criterios de transparencia y facilitar que los esfuerzos sean complementarios. Una red así podría conectar comunidades afectadas con organizaciones nacionales y, cuando sea pertinente, con agencias, fundaciones y redes humanitarias internacionales.
La pregunta deja entonces de ser únicamente quién está ayudando y pasa a ser: ¿cómo hacemos que la ayuda, el conocimiento y la voluntad existentes se encuentren, se coordinen y mantengan la atención pública sobre las necesidades reales?
Cuando la música convierte una causa en una voz compartida
Hay experiencias de la historia reciente que muestran cómo la cultura puede contribuir a que una crisis humanitaria cruce fronteras y llegue a públicos que, de otro modo, quizá nunca habrían prestado atención.
En noviembre de 1984, Band Aid reunió a artistas británicos e irlandeses para grabar “Do They Know It’s Christmas?”, impulsada por Bob Geldof y Midge Ure para recaudar fondos ante la hambruna en Etiopía. En enero de 1985, USA for Africa grabó “We Are the World”, escrita por Michael Jackson y Lionel Richie, con la participación de numerosos artistas estadounidenses. El 13 de julio de 1985, Live Aid llevó esa movilización a una escala extraordinaria con conciertos simultáneos en Londres y Filadelfia y una transmisión internacional.
No fueron iniciativas idénticas: una canción benéfica, otra grabación colectiva y un acontecimiento musical global. Pero compartieron una capacidad: reunir figuras públicas, medios, organizaciones y audiencias alrededor de una causa, transformando la atención en participación y recaudación.
Estas experiencias también merecen una lectura crítica. La hambruna etíope no fue simplemente consecuencia de una sequía: estuvo atravesada por conflictos armados, decisiones políticas y obstáculos a la distribución de ayuda. La movilización cultural dio visibilidad y recursos, pero no podía sustituir el análisis de las causas ni resolver por sí sola la crisis. Esa distinción importa: la solidaridad necesita sensibilidad, pero también información, responsabilidad y rendición de cuentas.
Lo que permanece de aquellos acontecimientos es, entre otras cosas, su capacidad simbólica. La imagen de artistas reunidos en un estudio, las voces que se suman a un mismo estribillo o un estadio entero participando de una actuación expresan algo más que entretenimiento: hacen visible que personas distintas pueden reconocerse alrededor de un propósito compartido.
¿Por qué no imaginar una solidaridad de alcance internacional?
Ante La Guaira, ¿por qué no preguntarnos si una causa venezolana podría convocar también a artistas, productores, plataformas culturales y redes de solidaridad de otros países? ¿Por qué no imaginar que músicos de alcance internacional —desde Juan Luis Guerra hasta Coldplay, por mencionar dos referencias muy distintas— pudieran interesarse en amplificar la situación, participar en una pieza musical solidaria o apoyar una iniciativa humanitaria transparente?
No se trata de afirmar que esos artistas hayan sido contactados, que estén dispuestos a participar ni que una canción o un concierto sean la solución. Se trata de abrir el horizonte de lo que una sociedad puede atreverse a imaginar cuando consigue articular una causa clara, legítima y confiable.
Una iniciativa cultural de alcance internacional solo tendría sentido si estuviera conectada con necesidades verificadas, organizaciones responsables, objetivos concretos, mecanismos públicos de recaudación y rendición de cuentas, y un seguimiento que no desaparezca después del momento mediático. La visibilidad no puede convertirse en espectáculo separado de las personas afectadas.
La pregunta provocadora es esta: ¿qué hace que una tragedia consiga convertirse en una causa capaz de convocar a artistas, medios y ciudadanos de distintos países? ¿Qué necesitamos construir para que La Guaira también pueda encontrar esa resonancia?
No basta con conmovernos: necesitamos mantener la atención
La atención pública suele ser intensa durante los primeros días de una catástrofe y disminuir a medida que aparecen otras noticias. Sin embargo, la recuperación es larga. Las necesidades cambian: del rescate y la atención inmediata se pasa a la rehabilitación de servicios, la reparación de viviendas, la recuperación de escuelas y centros de salud, la salud mental, los medios de vida y la preparación frente a nuevos riesgos.
Los informes de situación de la OPS publicados durante los meses posteriores al terremoto describieron la transición desde la respuesta de emergencia hacia la recuperación temprana, junto con necesidades persistentes en la continuidad de los servicios de salud, la rehabilitación de instalaciones, la atención psicosocial y el apoyo a comunidades y refugios. Es una advertencia contra el olvido: la recuperación no ocurre al ritmo del ciclo informativo.
La sociedad civil puede contribuir precisamente a sostener esa memoria pública: preguntar qué se ha atendido, qué sigue pendiente, qué recursos llegaron, cómo se utilizaron y qué comunidades continúan necesitando apoyo. La solidaridad no es solo entregar una ayuda; también es acompañar, observar, documentar y exigir que los compromisos se cumplan.
La pregunta que queda abierta
Quizás la pregunta no sea solamente por qué no hemos visto una gran movilización cultural por La Guaira. Quizás debamos preguntarnos por qué nos cuesta tanto conectar capacidades, construir confianza y sostener una causa común.
¿Por qué tantas iniciativas permanecen aisladas? ¿Por qué la experiencia de quienes llevan años trabajando en prevención no siempre se conecta con las organizaciones comunitarias? ¿Por qué cuesta reunir a asociaciones, ONG, empresas, artistas y redes internacionales en torno a objetivos compartidos? ¿Qué condiciones de transparencia y confianza hacen falta para que más personas se sumen?
No hay una explicación única. Tampoco sería justo atribuir la falta de una movilización de gran escala exclusivamente a la fractura del tejido social. Hay obstáculos económicos, organizativos, comunicacionales y políticos; hay iniciativas que sí existen y merecen reconocimiento; y hay responsabilidades institucionales que deben exigirse. Pero sería insuficiente ignorar el impacto que años de restricciones, polarización y fragmentación pueden haber tenido sobre nuestra capacidad de organizarnos.
La música no reconstruye viviendas ni restablece servicios. Un artista famoso no sustituye a los equipos de emergencia, a los profesionales, a las comunidades ni a las instituciones responsables. Pero una canción puede convertirse en símbolo; una imagen puede hacer visible una causa; una voz reconocida puede ayudar a que el mundo mire; y una red de organizaciones puede transformar esa atención en apoyo concreto y seguimiento.
¿Dónde está la canción por La Guaira?
La pregunta no es una convocatoria a un concierto ni una exigencia dirigida a un artista en particular. Es una invitación a examinar por qué una emergencia de esta dimensión no ha logrado todavía articular una respuesta ciudadana, cultural e internacional proporcional a sus necesidades.
Y quizá la pregunta más difícil sea otra: ¿qué nos ha sucedido como sociedad para que nos resulte tan difícil encontrar una voz común?
La Guaira necesita atención sostenida. Venezuela necesita instituciones que cumplan sus responsabilidades. Y nosotros necesitamos recuperar la capacidad de encontrarnos, organizarnos y actuar juntos, incluso cuando pensamos distinto. Porque la solidaridad no debería ser un impulso pasajero: debería poder convertirse en una forma de organización y compromiso colectivo.
Referencias audiovisuales
Tres experiencias que ayudan a comprender cómo la música y la cultura popular amplificaron causas humanitarias en los años ochenta.
1. Band Aid — “Do They Know It’s Christmas?” (1984)
2. USA for Africa — “We Are the World” (1985)
3. Live Aid — Queen en Wembley (13 de julio de 1985)
Fuentes documentales
UNICEF — Declaración sobre los terremotos de 7.5 y 7.2 en Venezuela, 25 de junio de 2026.
History — Music stars gather to record “We Are the World”, 28 de enero de 1985.
Nota editorial
Este artículo distingue entre hechos documentados, hipótesis de análisis social y preguntas provocadoras. Las cifras de UNICEF corresponden a estimaciones iniciales publicadas durante la respuesta y no deben presentarse como cifras definitivas. La preparación sísmica se aborda como gestión de un riesgo conocido, no como predicción anticipada de la fecha o magnitud de un terremoto. Las menciones a artistas internacionales son ejemplos hipotéticos, no contactos ni compromisos confirmados.
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